EL GABO QUE CONOCÍ

gabo5_800x669La noticia me sorprendió en pleno trabajo, al aire libre y bajo un sol calcinante. Me la dio por teléfono mi hijo Juan Pablo desde Nueva York: Padre, Gabo acaba de morir. Aunque se conocía la precariedad de su salud, nunca pensé que el hombre mediano que entretuvo y asombró a varias generaciones de Colombia y del mundo con su prosa maravillosa, fuera a dejarnos tan pronto. Es más, pensaba sin saberlo que nunca se iba a morir. Que como a su personaje Melquíades, aunque en su caso sin fin, la muerte se iba a pasar husmeándole los pantalones sin atreverse a darle el zarpazo final. Y sentí el vacío que nos dejan las noticias insospechadas.

Había aprendido a admirar incondicionalmente a Gabo desde muy joven porque al leerlo me dejaba inmerso en una atmósfera mítica y sobrenatural, y a medida que maduraba aprendí a admirarlo más porque comprendí la demoledora condición humana de los héroes de sus relatos. Y esa admiración lo convirtió en uno de los amigos más fieles y queridos, pues como muy pocos él supo consolar mis horas más tristes. Además fue él también quien me señaló el camino de la escritura y me deparó momentos inolvidables con el oído del corazón pegado a sus páginas, oyendo su voz de pergamino durante largos y estancados atardeceres cuando buscaba un norte lejano a la zozobra infranqueable de mi vida. Nunca tuvimos un intercambio personal, pero su semblante de fotografía en mi memoria fue y será portal de lecturas conmovidas que han sido y habrán de ser constantes fuentes de asombro y agua limpia para la sed de mi sensibilidad exacerbada.

Por eso, después de las breves palabras que la emoción me permitió intercambiar con mi hijo, me quedé varado en el resplandor de las tres de la tarde, indiferente al fragor de la canícula, bajo el mismo cielo azul que le había dicho adiós a Gabo momentos antes en ciudad de México y con el inmenso vacío que dejan los amigos cuando se van. Lo extraño en mi caso sin embargo, es que aunque Gabo y yo nunca coincidimos en lugar alguno, estamos unidos por el numen de la literatura, pues ha sido mediante ella que él, sin saberlo, se convirtió en mi mentor y mi maestro de la brega con la palabra, y fue por ella también que floreció entre ambos una amistad que se sustenta en la admiración y la gratitud de mi parte y en su obra feliz de la suya, y por lo mismo nunca necesité estrechar su mano para profesarle el sentimiento fraterno que le profesaré por siempre. Pero aun así, al saber que ya no es de este mundo, no pude evitar que el corazón se me abismara en la tristeza.

Justamente la noche anterior a su deceso, quizá por el sortilegio de las empatías o por puro azar, abrí su libro de memorias Vivir para contarla en cualquier página y volví a encontrar intacta la magia de nuestra vieja amistad. Con el mismo tono confidente de siempre comenzó a relatarme cómo su padre había decidido que lo acompañara a Barranquilla para instalar allí un negocio de farmacia y buscar vivienda para toda la familia, y cómo en una de esas noches vivió el único episodio de sonambulismo de toda su vida. Fue una lectura breve, como a manera de saludo, incitada sin duda porque acababa de leer sobre su frágil estado de salud.

El mundo que vivimos está lleno de situaciones insólitas y conmovedoras que solo pueden explicarse mediante la magia del amor, sentimiento al que Gabo dedicó sus páginas más memorables. El amor y la literatura en todo caso, que permiten que dos perfectos desconocidos lleguen a unirse más allá de las distancias y más allá de los decesos, sin siquiera verse, porque volveré a encontrar a mi amigo en sus libros cuantas veces quiera, siempre fiel a cuando lo conocí, y yo estaré con él hasta que la muerte rompa nuestro ciclo de amistad para siempre. Mientras tanto Gabo seguirá siendo el patriarca de las letras colombianas y continuará pregonando auroras desde las metáforas con que dio brillo y esplendor a nuestro lenguaje.

Por Janiel Humberto Pemberty