Responsabilidad civil por insatisfacción sexual

Documento escrito por el Doctor HERNÁN DARÍO VELÁSQUEZ. Revista: CONTROVERSIA JURÍDICA 

Asombrado, por  decir  lo  menos,  quedé  al  leer un  artículo  donde,  de  manera  seria,  con  todo el  lenguaje jurídico, abstruso como casi siempre que se abordan asuntos bastante problemáticos, se analizaba  la posible responsabilidad civil por la insatisfacción  sexual continuada, tema, según el artículo, de  sesudos debates de académicos europeos y, ahora,  de los colombianos, y quién sabe de quién más.  ¿Es  la satisfacción sexual un  deber  marital  o  un   derecho  constitucional de  los  cónyuges?  ¿Cuándo  se  es  diligente  en la satisfacción sexual? ¿Cómo  debe mirarse la relación de causalidad entre el mal manejo sexual y  la  insatisfacción  del  otro?  ¿Cómo   actuaría un  “hombre”  razonable  ante  la   insatisfacción sexual?  ¿Cuál  es  el  alcance  de  la  comunidad de lecho? ¿Está el interés sexual  debidamente tutelado?  ¿Se  daña  cuando  el  otro  o  la  otra no satisfacen? Preguntas que generan un  gran desafío jurídico y que merecen ser respondidas, dadas las complejidades del tema y que, incluso, sugieren  repensar  los  elementos  estructurales de  la  responsabilidad civil.

La  verdad  es  que  luego  del  asombro  terminé en  carcajadas.  ¡Oh,  estupidez,  hacía  rato  que no  te  veía!

De todos modos me parecen preguntas simplistas. Hay   muchas  más  complejas:  ¿La  pareja  se negó  del  todo a  la  relación sexual, o  solo  fue un  poco  de  pereza?  ¿Se  violenta  la  dignidad cuando sin querer se tienen relaciones sexuales?

¿Influye la posición de los cuerpos, el colchón, la   luz,  el  calor,  la  bulla  del  vecino,  el  bebé llorando   en  la  otra  pieza  (¡maldita  sea,  otra vez  despierto!)? ¿La comida y la bebida antes digeridas (fríjoles, sancocho, pizza, vino, cerveza, ron, aguardiente, cebolla de rama, roja o blanca, ajo,  coliflor),    tienen  algún  grado  de  concausa en  la  insatisfacción  sexual?  ¿Cuál  es  el  daño, cuánto  vale,  cómo  se repara?

Y a mi mente vinieron otras preguntas hechas en  la  Edad  Media:  ¿Qué  pasa  si  el  marido  o la  esposa caen en poder de un espíritu?, ¿hay que  averiguar  si  fue  durante  el  noviazgo  o después?; ¿Puede declararse muerto al ausente si su espíritu vaga por la casa?; ¿Si el fantasma está   ensangrentado,  es  prueba  suficiente  de asesinato?;  ¿Está obligado a pagar el billete un niño  que  nace  durante  el  viaje?;  ¿Qué  ocurre si  un  tesoro  es  encontrado  con  la  ayuda  de un  espíritu?,  ¿es  del   descubridor,  del  Estado o  de  los  familiares  del  fantasma?;  ¿Una  carta de  amor  genera  compromiso  legal?,  ¿y  si  la envía  un  lunático?;   ¿Si   un  borracho  declara su amor en una carta,  queda comprometida su responsabilidad?; ¿Es distinto, para efectos de la responsabilidad,  escribir  “Eres mía.  Quiero que seas mía”,            a escribir “Quiero  que seas mía, y no me importa lo que diga la gente”, o a escribir “Eres   mía,   corazón,   jamás   te   abandonaré… solo  la  muerte  puede  separarnos”?,  ¿no  será mejor una promesa condicional para evitar  líos judiciales: “¡Si alguna vez me caso, tú serás la única elegida!”?; ¿Existe atenuante si un duende persuade al criminal para que cometa el crimen?;

¿Puede abofetear  un  hombre  sin  dedos  en  la mano?  ¿La  bofetada  se  justifica  si  el  marido encuentra  a  su  esposa  con  otro  hombre,  o  si ella  escribe una carta de amor a un tercero o si sale y  regresa tarde?, ¿hay lugar al divorcio si la bofetada  provoca hemorragia nasal?, ¿y si es la esposa la que abofetea al marido? ¿Una mujer violada puede llevar flores blancas (signo de  virginidad) al acercarse al altar? ¿Puede una meretriz  dejar testamento?

Tonterías, simples y llanas tonterías, expresiones de la  estupidez humana, de la cual, por cierto, nadie   escapa.  Me  pregunto:  ¿qué  diferencia existen  entre  esos  abrumadores  y  desafiantes problemas  jurídicos  de  la  Edad  Media  con  el que  ahora  se   plantea  sobre  la  insatisfacción sexual? Antes  de  que  se  rían  de  nosotros  en el  futuro  es  mejor  reírnos  ya.

Y  en  verdad  que  me  estaba  riendo,  cuando de   improviso  me  tuve  que  poner  serio.  Uf, ¿en verdad qué pasaría si alguien demanda a su   pareja  en  indemnización  de  perjuicios  por insatisfacción sexual? Realmente me asusté por las  aristas  que  tomaba  el  asunto.  Me  estaba preocupando la complejidad del proceso judicial que  resolvería  tamaño problema.

Como primera cuestión, ¿qué sucede si también el demandado o la demandada están insatisfechos?

¿Cabe demanda de  reconvención? (ella  quiere “hacerlo”  en  la  cama, él  en  la  cocina o  en  el baño,  o  al  revés, no  importa, ante la  magnitud del  problema jurídico, ¡una nimiedad!) ¿Procede la compensación de culpas? Y si el acusado por la insatisfacción sexual actúa así porque tiene un amorío extramatrimonial, ¿hay litisconsorcio facultativo con el amante, o más bien será necesario, en la medida en  que ese otro u  otra es parte “sustancial” de todo el  problema? Más importante aún, ¿cabe la denuncia del  pleito? ¿Por qué negarle al hombre o a la mujer hacer  comparecer, para que también responda,  a  quien  le  está  perturbando su  vida impidiéndole  concentrarse para  satisfacer a  su pareja?  Por  ejemplo: el  jefe   que  grita  en  la oficina; el vecino con esa horrorosa  música a todo volumen; el médico que no es capaz de  tratar un sencillo dolor de cabeza; la empleada del  servicio que  más que comida prepara aguamasa, y  que cuando  por  casualidad la  hace  buena  la  sirve hirviendo; el mecánico que dejó el automóvil con un  extraño ruido; el  acreedor que llama todo el día  amenazando; el cliente que se fue sin pagar honorarios;  una  audiencia judicial  en  una  hora que   impide la  siesta; el  juez  que  profiere una providencia  traída de los cabellos o que duerme mientras su despacho se llena de expedientes. En fin,  todas esas molestias que alteran la vida diaria y que  afectan emocionalmente. ¿No es lo lógico endilgarles  responsabilidad en la destrucción de la comunidad de  lecho (léase cama)?

¿Será obligatoria una audiencia de conciliación?

¿No será muy peligrosa si además de las partes directas  tienen  que  asistir  los  litisconsortes  y los   denunciados?  ¿No  se  armará  un  barullo de los  mil  demonios? ¿Habrá que instalar una puerta  secreta para que el juez o la juez salgan corriendo  cuando  se  arme la pelea?

Grave,  muy grave. ¿Por qué antes nadie había caído en la cuenta de este serio problema de responsabilidad  civil  por  insatisfacción  sexual? Hay  que rendirle un lindo y sincero homenaje a quien  con  tiempo de sobra le dio por barruntar estos asuntos (¿tal vez una invitación a un prostíbulo?). Los problemas jurídicos son abismales.

Pero el que más me preocupa es el de la prueba. Nunca en mi vida le había dado tanta importancia al  estudio de la prueba.

A  ver,  por  lo  pronto,  ¿cómo  se  probaría esa insatisfacción?  ¿Con  testigos? Difícil,  salvo  que se  tratara de una orgía, y  si  en una orgía hay insatisfacción  sexual,  el  problema  ya  no  sería de  pleito  judicial, sino  de  siquiatra. Descartada, pues,  la  prueba testimonial. ¿Con indicios? Más complicado  aún, porque ¿cómo de un hecho en especial se  podría inferir la insatisfacción sexual? Posiblemente   un   hecho  indicador  es  que  el demandante o la  demandante, hubiese modificado sus hábitos alimenticios; o que su genio se hubiera alterado  con   repentinos cambios; o  quizás una persistente  melancolía; o una furia incontenible, o, en extremos  sicóticos, una permanente carcajada de frustración, o  miradas lujuriosas a objetos que le  recordasen sus  hábitos sexuales (debo  dejar algo  a  la  imaginación  del lector porque este no es  un artículo sobre  pornografía sino un sesudo y  profundo estudio sobre  la  responsabilidad civil por  insatisfacción sexual).  Sí,   con  los  indicios es  muy  complicado. Además se  corre el  riesgo de  que los  jueces les  den otras  connotaciones, especialmente algunos que están  patológicamente enfermos. Descartados, pues, los  indicios.

¿Tal  vez  los  documentos? No me imagino una mejor prueba documental que una fotografía o un video de las partes desnudas (partes del proceso, no  partes del cuerpo, valga la aclaración). ¡Claro!

¿Por qué no lo pensé antes? Obvio, allí quedaría, reflejada  la  insatisfacción sexual del  hombre (ni modo  de  ocultarla). Y  aquí  me  enredé porque me   surgieron  más  preguntas  que  respuestas:¿cómo se prueba en la foto la insatisfacción de la  mujer?; ¿no se estará, por otra parte, violando el   derecho a  la  intimidad?; ¿y  si  realmente la insatisfacción  es provocada por culpa del mismo demandante?; ¿puede probar una foto o un video una  compensación de culpas?; ¿y si la foto o el video se tomaron en las sombras?; ¿y las preguntas bochornosas del abogado de la contraparte con las fotos  encima del  escritorio, y  el juez (o la juez) relamiéndose los  labios? Y lo peor: ¿quién era el fotógrafo o el  camarógrafo?, ¿es que acaso había un tercero en la  cama? Uf, realmente esto  está muy  complicado.

¿Tal  vez  una  grabación,  oyendo  la  cantidad e  intensidad  de  los  gemidos?  Mientras  menos gemidos   más   insatisfacción.   Pero,   ¿y   si   la grabación es editada? O, grave, ¿si el acto sexual va  acompañado de “bondage” donde alguno de la  pareja está amarrado y tiene amordazada la boca?,  ¿cómo oír los gemidos?, ¿no será muy injusto responsabilizar o favorecer, según el caso, a  quien  lleno  de  pasión  no  puede  hablar  o  a quien  también  lleno  de  pasión  impidió  que  su pareja  hablara?  Y  si  se  oyen  algunos  gritos,  ¿serán de dolor o de placer, o de ambos? Sí, la  verdad es que esto de la prueba documental es  mejor dejarla para otro tipo  de  proceso.

Y seguí pensando. Y creí encontrar la solución. No  podría    ser otra. Se requieren dos pruebas importantes: el dictamen pericial y la inspección judicial. Pero las preguntas de nuevo me atormentaron. Recurrí a la lógica. Aceptemos la premisa y de las consecuencias que se obtengan se   verá  si  esas  pruebas  son  procedentes  o no,  o  como dicen  los expertos, conducentes  y pertinentes,  o más filosófica y elegantemente (a veces es bueno descrestar): utilizando el método “reductio  ad  absurdum”.

El perito, que será hombre o mujer dependiendo del sujeto a estudiar –aclarando que si se trata de parejas  del mismo sexo se nombrará un perito gay o una perita  lesbiana—, examinará personalmente al demandante o  a  la demandante. El perito, por cierto, debe ser  experto  en las artes amatorias y gran conocedor del Kamasutra. Como es su deber, examinará al  insatisfecho (o a la insatisfecha) en el lugar que  considere más apropiado (entiéndase lugar  con  cualquier significado, para  los  efectos da  lo  mismo).  Luego de  cumplir con  su  deber pedirá  ampliación   de   términos  porque  necesita probar  a  la   contraparte,  sin  ello  no  podrá  ser objetivo; además  una suma de dinero por gastos anticipados,  dado   que  la  prueba  a  palo  seco puede  resultar  no   objetiva. El  juez  o  la  juez, con un poco de envidia,  accederá, ya que es su deber en búsqueda de la  verdad. El auxiliar de la justicia rendirá el dictamen,  me  imagino que muy satisfecho (es mejor pensarlo así  para evitar más preguntas).  Ni corto ni perezoso, el  abogado de la contraparte objetará el dictamen y  pedirá  como prueba un nuevo peritaje. El segundo  perito, que no  es  tonto  y  sí  muy  lujurioso (claro  que  dirá que  muy  diligente),  solicitará  que  el  dictamen se  haga  con  presencia  de  ambas  partes.  Así que el proceso llega a despacho para sentencia.

Pero como el  juez (o la juez) tampoco es bobo, decretará de oficio una inspección judicial para probar si los dictámenes son correctos y si las partes en verdad no se satisfacen sexualmente (realmente no probará el dictamen, probará a las partes). Dictará su sentencia –cuyo contenido dependerá de su grado de satisfacción sexual–, que,  sin duda,  será apelada. La  Sala  Civil  del Tribunal,  en  pleno,  dado  que  la  importancia del asunto le  interesa a todos los colombianos, también decretará una inspección judicial porque sus Magistrados no  son  menos que el juez de primera instancia  (mientras, los Magistrados de las Salas Penal y  Laboral se arrepentirán de no haberse  especializado  en  Derecho  Privado;  la cruel envidia se reflejará en sus caras). Se dictará sentencia y se recurrirá en  casación.

La Sala de Casación Civil de la Corte, de oficio procederá a una nueva inspección judicial (con la misma envidia de los Magistrados de las otras Salas). La sentencia de casación será objeto de una  tutela, donde habrá (¡cómo impedirlo!) otras inspecciones judiciales en diferentes instancias. La  Sala  de  Selección  de  tutelas  de  la  Corte Constitucional, a la que se le puede acusar de todo,  menos de ser boba, seleccionará la tutela. Quienes   la   integran  discutirán  ardorosamente entre  sí  para  que  sea  su  respectiva  Sala  de Decisión la que  resuelva el problema. Al fin, a cara y sello como  debe ser, la reparten a una. Pero como ya  internamente se conoce el grave problema jurídico  que  se plantea, un Magistrado con  sonrisa  lujuriosa  y  ojos  maliciosos,  pedirá que la Corte en pleno la resuelva: “¡Es necesario unificar y consolidar la  jurisprudencia! ¡Hay que proteger   los   derechos   fundamentales   de   los insatisfechos  sexualmente!”,  dice,  mientras  sus manos  temblorosas  sudan.  La  Corte  en  pleno acepta  ipso  facto  ¿Con  qué  fin?  ¡Con  el  de practicar una nueva inspección judicial!  Será la sentencia SU-XXX (¿Qué significa triple  equis?

¿Alguien sabe?).  Uf, será  la  orgía de la Rama  Judicial.

De todas estas consecuencias solo me importan tres: una, ¿y de los apoderados qué?, ¿nada de nadita? Duro que es ser abogado; y ¿las partesdel  proceso?;  si  no  quedaron  satisfechas  con todas  esas  pruebas  periciales  y  de  inspección judicial,  simplemente  no  tienen  arreglo.  Y  la tercera, que merece mención especial, por primera vez  en la historia judicial de Colombia, ¡ningún juez  se  declarará  incompetente!  Pero  no  hay motivo  de  alegría,  porque si bien nunca  habrá conflicto  negativo de competencia, pulularán los conflictos  positivos  de  competencia:  ¡todos  los jueces  querrán  conocer  el  caso!

El tema es tan apasionante, que no dudo que se  convertirá  en  una materia optativa  o  en  un módulo  en  las  Facultades  de  Derecho  y,  a  lo mejor, quién sabe, dada la estupidez permanente de  la  especie humana, en una especialización:

¡Ni  imaginar  la  cantidad  de  inscritos!  ¡No  lo quiero pensar!

Ah, se podrá replicar, no se trata solo de mera   insatisfacción sexual; es la renuencia total al coito.

¿Eso es todo? Ya la humanidad y las leyes han dado  la solución con una sola sanción, y es la que  aconsejo: ¡sepárense, sepárense!; pero por favor,  dejen a los abogados tranquilos. Y si no les gusta  esa solución, existe otra desde tiempos inmemoriales: consígase un mozo o una moza; la vida diaria tiene  muchos problemas serios para estar  con  pendejadas  y  andar  en  pendejadas.

TOMADO DE LA REVISTA: CONTROVERSIA JURÍDICA